Nº5

Te invitamos a sumergirte en la lectura de un fragmento exclusivo del Libro V “Córdoba después de los Incas”. Esta selección te permitirá experimentar de primera mano el rigor histórico y el estilo narrativo con que se abordamos el turbulento período de transición entre la administración incaica y la llegada de la monarquía hispánica a la región, cerrando así el ciclo de la colección y abriendo nuevas perspectivas sobre la identidad cordobesa y su pasado originario.

 

El Inca Usqullu, un funcionario inca cordobés

“Sepan quantos esta carta de testamento vieren como yo, Baltasar Uscollo natural del Pirú, estando como estoy enfermo en cama pero sano de mi entendimiento, declaro que soy casado con Constaça Onoc y tengo dos hijos, Lorenzo e Ysabel. Y mando a la dicha mi hija un solar en la traza desta ciudad (de Córdoba) si se casare, y si anduviere hecha bellaca, mando se venda y que lo haga el dicho mi hijo Lorenzo. Y mando que se den las obejas que tengo a los yndios de la sierra y declaro que al dicho mi hijo, pongan buenas obras y en escuela y que sepa leer y escribir y sepa su alma todo lo que le enseñare”

Testamento de Baltasar Uscollo

Ciudad de Córdoba, 1579

El Inca Uzcollo. En reconocimiento de su colaboracion con los españoles podía montar a caballo, vestir sombrero y botas, tener una perra mastín española llamada «Manchas», así como una casa en la ciudad de Córdoba. Uzcollo era rico en ganados y tierras. (Imagen generada con Gemini IA en base a datos obtenidos del testamento de Sebastian Uscollo, publicados por Margarita Gentile Lafaille).

Como dijimos, la presencia de Sinchi Wayna en Santiago del Estero o el Inca Usqullu en Paravachasca (guacamaya-estrella, en quechua, el ave sagrada de los kaniaris), Córdoba, oficiales destinados a las tierras bajas, evidencian el apoyo militar y la expansión en las tierras bajas, aunque no hayan construcciones de piedra (que es lo que muchos arqueólogos esperan ver para sustentar la presencia inca). Este apoyo militar estaba apalancado en los altos valles surandinos (Picciuolo Valls 2022:286 y 294).

Lo cierto es que, con el grupo de mitimaes peruanos de diversas procedencias en funcionamiento, el Estado Inca trabajó el oro del wamani del Kullum o Cuyo, por el kuraqa Shunkullu (Yungulo), en la mina de La Carolina, situada en la provincia de Conlara, San Luis, zona kamiare, mientras que los trabajadores rurales hacían sus tareas de agricultura y ganado en la zona de Paravachasca controlados por kuraqas peruanos, muchos de los cuales eran wankas procedentes del Chinchay Suyu.

Como hemos dicho, cuando los fundadores hispanos llegaron al solar elegido para fundar la ciudad de Córdoba se encontraron con incas y agentes locales incaizados, los cuales estaban allí, administrando para el Estado Inca, el trabajo de colonos comechingones, sacat-sanavirón y kamiare, según se desprende de los registros documentales hispanos, que veremos a continuación.

 Uno de ellos era el Inca Usqullu, Baltazar Uscollo o “Baltazar Lengua” en la documentación hispana, que fue, a tenor de su propio testimonio, un funcionario supervisor de trabajadores, con rango militar de frontera, originario del Chinchay Suyu, en la costa norte de Perú, destinado en el área de la actual Córdoba, durante los gobiernos de los Sapa Incas Waskar o Wayna Qhapaq. 

Según la historiadora Margarita Gentile Lafaille, que exhumó los testamentos de éste y otros funcionarios incas en Argentina, el cargo de Uscollo, dentro el sistema burocrático administrativo inca, era el de Sayapaya (supervisor, en quechua, literalmente “estar alerta sobre otro). Su tarea principal era coordinar los equipos de trabajo de colonos o mitimaes destinados en la región y al mismo tiempo, reportar movimientos en el área de frontera inca, que había sido Córdoba hasta ese momento. 

Debido a su labor durante el período incaico, la presencia de Usqullu fue relevante para el sostenimiento político y económico en los primeros años de la fundación de la ciudad de Córdoba, actuando  como mediador entre las poblaciones locales y los recién llegados hispanos (preferimos decir hispanos, para incluir a todos quienes trabajaban para la Monarquía Hispánica, entre los que no sólo había españoles, sino también otros europeos, por ejemplo, franceses y portugueses, africanos , centro y sudamericanos, como aymaras y diversas nacionalidades de indígenas argentinos).

Por su participación como mediador, al Inca Usqullu le será reconocido su rango y privilegios, bajo el entorno del derecho indiano, continuando con parte de sus responsabilidades de Sayapaya, y convirtiéndose en una pieza clave en la adaptación de la mita inca a la mita hispana, en territorio cordobés.  Entre los privilegios que conservó estaba la posesión de ganado español, vacas, cabras y cerdos, además de montar a caballo, pero sin relegar sus privilegios incas, como el mantenimiento de su hacienda de camélidos, su vestimenta ceremonial, y sobre todo su relación con mitimaes serranos, con quienes mantuvo la práctica de una institución fundamental en el sistema económico y político incaico, la reciprocidad andina.

Es decir, una vez negociado su estatus, en la emergente sociedad hispano colonial, Baltazar Uscollo, hombre mayor y experimentado, mantuvo ciertos privilegios y prácticas originados en el orden incaico, heredados de la Córdoba prehispana, a los cuales agregó otros de carácter hispano. Incluso le fue otorgado un solar en la traza fundacional de la ciudad de Córdoba, junto al resto de los fundadores españoles y europeos, como puede verse en el siguiente esquema de Lorenzo Suárez de Figueroa en 1577. 

Ubicación de la casa del Inca Uzkollo en la traza fundacional de la ciudad de Córdoba

 

Según Gentile Lafaille, al recibir un solar en la futura ciudad, Uscollo construyó una casa, en la cual vivió con su mujer, de nacionalidad tonokoté, llamada Unuc (que en el lule-tonokoté de Machoni significa “odio”), y sus hijos, así como su mascota, una perra mastín española llamada “Chit” (Manchas). Todo esto implica un alto estatus en el entorno hispano, derivado del orden incaico, en el cual se le reconocían prerrogativas imposibles para un indio del común, ya que podía cabalgar, portar armas (conservaba las incas y agregó las hispanas) y vestir prendas hispanas que denotaban alto rango, como sombrero y botas, aunque al mismo tiempo que también conservó su vestimenta ceremonial inca, arma incluida. Durante el orden incaico, esas ropas y armas habían sido señales que distinguían su estatus de funcionario militar de rango medio, al igual que su nombre, pues sabemos que en quechua Usqullu significa Gato Montés, denominación de una una orden militar dentro del ejército inca.

En la incipiente sociedad cordobesa, Baltazar Uscollo mantenía relaciones económicas en dos planos, por un lado con los mitimaes sanavirones localizados en Cruz del Eje,  (”indios de la sierra” en la documentación hispana), a quienes legó parte de su ganado, y al mismo tiempo, en la recientemente fundada ciudad de Córdoba, con otros indígenas urbanos como él. Algunos de ellos también yanas, es decir, ex funcionarios del Estado Inca. Por ejemplo, y según su testamento, con un tal Alonso, yanacona del Marsellés Nycolas de Dios y con Ynés, “india del Perú” que habría sido, según Gentile, una tejedora de alguno de los centros productivos de tejidos ceremoniales, en el entorno de la ciudad de Córdoba. Ynés, era deudora de Uscollo, quien le había dado un tocado de plumas de avestruz a cambio de “dos pieças de ropa”, pendientes de entregar a la hora de la redacción del testamento. Anotemos que en ese momento en Córdoba no había monedas y por lo tanto el Cabildo había autorizado el uso de cabras y herraduras como moneda. Una cabra equivalía a un peso y una herradura a un peso y medio. Por otro lado, los tejidos finos incaicos, ancestralmente prendas de prestigio, continuaban circulando como valor de cambio, y por ello los hispanos le llamaban “monedas de la tierra”. Uzcollo tenía entre sus bienes una majada de cabras y legó también sus monedas de la tierra.

Las monedas de Córdoba. En los primeros años de la fundación de la ciudad de Córdoba se produjo una convivencia entre las instituciones incas remanentes en la zona y las hispanas, un claro ejemplo es la convivencia de dos formas de intercambio, medida de valor y unidad de cuenta, inca y española, a saber, los finos tejidos de chumbi incas, que venían siendo utilizados como símbolo de prestigio y tributo en el Tawantinsuyu y el ganado caprino traída por los españoles, principalmente la «blanca andaluza», las cuales dada su escasez eran muy valiosas. Según consta en su testamento el Inca Uzqullu era rico en ambos tipos de monedas. Imágenes: Chumbis: de libro «Vestimenta de la mujer noble inca«, de Soledad Hoces. Cabra: «Origen del Ganado Caprino en Argentina«ilustración de Tournefort, (1718), en el portal del INTA.

Parece que durante los primeros momentos fundacionales de Córdoba, al menos entre los años 1573 y 1579, Baltazar Uscollo tuvo gran visibilidad en las relaciones sociales de la ciudad y su entorno, según Gentile, “desempeñaba actividades que necesitaban imponerse a través de una fuerte presencia, durante la etapa de consolidación de la fundación, es más que probable que tuviera a su cargo ir a buscar a los indios para llevarlos a cumplir con la mita, organizando el trabajo rotativo” (Gentile 2002:213). 

Según Gentile, en tanto Sayapaya inca trabajando en un entorno colonial, el área de control de Uscollo se centró en la actual Cruz del Eje, recorriendo las localidades de Cacama Sacat (donde Cacama podría describir a kakanes y con la terminación sacat, que nos describe a un pueblo de esa etnía), junto al arroyo Mocohalbil (del hen-ia Moco-halo y la terminación kakana -vil, que nos describe una región diaguita al SE de Cruz del Eje, que en 1576 estará encomendada a Moxica), luego tres pueblos cuya terminación es kamiari (Passo-Navira, Patli-Navira y Venta-Navira), así como los algarrobales de Concarán, entre otros, labor que continuó ejerciendo durante los gobiernos de Jerónimo Luis de Cabrera y Gonzalo de Abreu

 

(fragmento del Capítulo 1)

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Comechingones o Hen-en

El pueblo de los valles interserranos

 

Durante su conquista de la región del río Chuquimayo (o Chinchipe) o Chacainga (Vázquez de Espinosa, 1561), en la parte norte del departamento de Cajamarca, hoy periférica a la ciudad de Jaén, en Perú, el jóven Tupaq Yupanqui siguió hacia el norte y se fortificó en los curacazgos incas de Tabaconas y Huambos, supuestos puntos de base para la conquista inca de la zona, que hoy contiene una enorme cantidad de topónimos quechuas que datan de aquellos tiempos. Aunque Espinoza Soriano (1970) afirma que los ejércitos incas como tales no anexaron la zona, sí dice que, simplemente, los incas tomaron muchos prisioneros en zonas no formalmente anexadas al imperio. Si los incas entraron desde Tabaconas lo habrían hecho por Huancabamba subiendo entre 30 y 40 kilómetros al noreste para llegar al río Chirinos y el hábitat de un grupo local conocido como “comechingones”. Los relatos españoles de Juan Pórcel y otros (1555) hablan en general de gente muy belicosa y diestra para la guerra (Espinoza Soriano, 1973). 

Región comechingona del Perú del siglo 16, en la actualidad

Algunas de sus características ligan a estos comechingones con los bracamoros, un grupo de shuars (o jíbaros), como la mayor parte de las etnias de la región. Si esto es así, es importante analizar los orígenes de ese grupo, pero los mismos orígenes del pueblo shuar son difusos. El pueblo shuar incluye cuatro ramas principales: Shuar, Achuar, Awuarunas y Wuampis. Hay quienes proponen que son resultado de la fusión de un grupo arawak amazónico con otro de lengua puruhá mochica de origen andino. La parte arawak los liga al pueblo Palta, que ha poblado tradicionalmente Loja (Ecuador), lo que se aprecia en muchos de sus vocablos. A la vez, muchas de las colonias kaniari del alto valle del Upano se asimilaron a los shuar. Esto establece una fuerte conexión cultural entre paltas y kaniaris ecuatorianos con los shuar y a la vez entre estos y los comechingones peruanos, que parecen haber sido no solo parte de su universo cultural, sino también genético.

A la vez, se considera que para 1582 había tres variantes lingüísticas shuar, la lengua rabona (mayoritaria, de los bracamoros), la lengua bolona (de las serranías cálidas y húmedas) y la lengua shiroa o palta (de las serranías frías y lluviosas). 

Espinoza Soriano (1973) decía que en las actuales provincias de Jaén y San Ignacio ya no quedan relictos de los remotos grupos étnicos que la poblaron ancestralmente, por lo que es imposible estudiarlos empleando la fuente etnográfica. Los únicos medios que tenemos para descubrirlos son los documentos de los siglos 16 y 17. En la actualidad, no existe nadie que se autoperciba como perteneciente a dicha etnia en el Perú, pero sí quedan grupos afines en los distritos centrales y septentrionales de la moderna provincia de Bagua (una fracción de la ancestral Yaguarsongo del siglo 16).

Sabemos que, más tardíamente, Wayna Qápaq tomó a bracamoros vencidos en Zamora (Ecuador) a quienes llevó a Llacanora, Cajamarca, pero estos no formaron parte de los mitimaes de Cajamarca sino que fueron en condición de yanaconas (aquellos a los que se les niega su identidad territorial). Con la llegada española a la zona, los pobladores de la región de Jaén, maltratados por el trabajo en los lavaderos de oro y las enfermedades, pasaron de 20.000 en 1.550 a 16.000 en 1.560. Para 1.570, época en que se fundaba Córdoba en Argentina, quedaban 8.000 comechingones en Perú, y con la epidemia de 1.590, se redujeron a apenas 2.500 personas. En 1.606, quedaban apenas unas 900 y el censo de 1651 sólo registró a 600 comechingones del Perú, que poco después se diluían en el registro histórico, probablemente perdiendo su identidad cultural y asimilandose a la población criolla. 

¿De acá pallá o de allá pacá? ¿De Córdoba al Perú o del Perú a Córdoba?

¿Son estos comechingones los mismos que se conocen en el centro de la Argentina? En un primer momento, Margarita Gentile observó esta coincidencia exonominal entre los comechingones del Perú y los argentinos y propuso que su origen habría sido argentino y fueron llevados a Perú por los incas. Sin embargo, algún tiempo después presentó otro parecer asumiendo,

“ … que los comechingones fueron deportados allí (a Córdoba) por Huayna Capac como castigo desde su hábitat de selva a un valle serrano, tal como Pachacutec había deportado antes a los cuyos desde los bosques de Paucartambo a los desiertos del entorno de Mendoza, y Topa Inca a los chimú desde la costa hacia los valles altos que rodeaban el Famatina” (Gentile, 2014).

Considerando que en la región del Alto Marañón hay varios grupos que hablaban la misma lengua patakuna atribuida a los comechingones, como los nehipe, los perico, los tomependa, los baguas y los chamaya (ver libro 3), resulta claro que el grupo tenía sus orígenes y relaciones ancestrales en aquella región y Argentina fue el destino impuesto, no el origen. En lo que diferimos de Gentile es que se trate durante el gobierno de Wayna Qhapaq (1493-1525), ya que fue su padre, Túpaq Yupanqui (1471-1493) el primer conquistador de esa región del río Chinchipe en el Perú, en su trayecto entre la conquista de Chachapoyas y la de los Kaniari, lo que además nos justifica un tiempo mayor de estadía de estos pueblos en Córdoba, como para entender que ninguno de ellos recordara o mencionara a los españoles el hecho de provenir originalmente del Perú, como sí lo han mencionado otros mitimaes movidos hacía menos tiempo por Wayna Qhapaq…

(Fragmento del Capítulo II)

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