
Nº4
Fragmento del libro IV «Sacats, Hen-en y kaniari. Nativos y Colonos entre los originarios cordobeses». Extractos de la Introducción y el Capítulo II, de un volumen dedicado esencialmente a las naciones originarias mas relevantes en la narrativa tradicional y la identidad de Córdoba.
La complejidad de la auto y exo-nominación
CUANDO HASTA EL NOMBRE NOS QUITARON
Después de que Montes unificara conceptualmente a los “comechingones del norte (henias)” y los “comechingones del sur (camiares)” con el nombre que, a su modo de ver, era el único correcto: “camiares”, una postura que es seguida por muchos integrantes actuales de este pueblo originario (p/ej., Reyna, 2020), otros investigadores unificaron incluso a comechingones y sanavirones, hablando de ellos en conjunto o, como muchos arqueólogos modernos, negándose a separarlos con la aplicación de rótulos étnicos. Y así, el panorama se fue poniendo nuevamente difuso. Assadourian (2004) habla en general de “los indígenas de la actual provincia de Córdoba”. De Ferrari Rueda (1964) habla en su capítulo IV de las características unificadas de “Comechingones y sanavirones”, Bixio y colaboradores (2010) hablan en conjunto de “los indígenas que encontraron los primeros españoles: comechingones y sanavirones”. Dentro de esos capítulos hablan de alfarería, vestimenta, creencias, etc., en conjunto, sin distinguir si se trata de unos u otros, y dando ejemplos ambiguos que el lector debe intentar discernir cuando es posible, para pescar con cuidado si se trata de observaciones del norte o del sur, en especial luego de que la principal fuente de información, la Relación Anónima de Suárez de Figueroa, describe características copiosamente pero sin aclarar dónde están ocurriendo los hechos que atestigua. Y se entiende, porque los cronistas mismos no lo especificaban, más bien es uno mismo quien tiene que suponer si siguen recorriendo el norte o ya estan hablando del sur cordobés o, peor, aun no salieron de Santiago del Estero. El problema surge cuando, como aquí, suponemos que los grupos del norte, del sur, de más allá o más acá, constituyen grupos con historias inmensamente diferentes, incluso a nivel milenario y que los cronistas, que relataron estos hechos, ya no eran capaces (o no les interesaba) hacer diferencias pues los relataban muchos años después de volver de aquel viaje cuando, ya entrados en años, precisaban detallar sus proezas para poder recibir una pensión con que tener una vejez más amable.
Por otro lado, los mismos investigadores suponen que fue la visión española la que ponía nombres y circunscribía etnias para poder manejarlas. Dicen Bixio y colaboradores (2010): “Desde la perspectiva española, los grupos étnicos en general fueron concebidos como homogéneos, cerrados, con límites discretos, con un nombre propio, una territorialidad claramente circunscripta y ciertos rasgos físicos y culturales compartidos (lengua, vestido, ritos, religión, etc.), esto es, como una unidad étnica. Hoy se reconoce que, en más de una oportunidad, esta conceptualización de las etnias no se corresponde necesariamente con la variabilidad de posibilidades de organizaciones étnicas reconocidas en América, y concretamente en Argentina. Muchos de los grupos indígenas nombrados en los primeros documentos son simplemente un nombre que, a pesar de los esfuerzos de historiadores, arqueólogos y etnólogos, nunca pudieron identificarse como unidades étnicas (vgr. juríes, diaguitas, etc.)”.
Por el contrario, estamos bastante seguros de que los nombres de esas etnias no fueron dados por los españoles, sino por las culturas que guiaban a los españoles. En el listado de etnias de donde captar trabajadores que utiliza Garay en la fundación de Buenos Aires, muchos de los nombres son claramente chanzas en guaraní, cuyas traducciones se leen como “sarnosos” o “peinados como mujeres”. En el caso de los españoles que provenían del Perú y el Alto Perú (Bolivia), los nombres deben interpretarse indefectiblemente en quechua, pues era la lengua que hablaban asiduamente peruanos, bolivianos, ecuatorianos, nor-argentinos, de origen europeo o nativo. A veces esos nombres eran también degradantes, como el aplicado a los chiri wanu o chiriguanos (“mierda fría”), o resaltando alguna característica física o de la ropa, como qara aukana, “chaquetas de cuero”, con que nombraron los incas a los mapuche llanistas (catirayes, ngoloche, purenche, tucapeliche, elicuras, paicavíes, etc.) y que los españoles interpretaron como araucanos (Juan Cayumán, com.pers.). Los etnónimos puestos por quienes presentaban a ese grupo frente a los españoles, normalmente incas o guaraníes, produjeron un rechazo a la mayor parte de las nominaciones y a una colectivización de los estudios.
Estos nombres, no puestos por los españoles pero inmortalizados por ellos, les resultaban, sin embargo, válidos a los incas para identificar a la otredad de los grandes grupos diferentes a ellos. A este respecto, Laguens y Bonnin (2012) dicen que “no es demasiado arriesgado suponer que muy posiblemente esta denominación (refiriéndose a la de los comechingones) corresponda a categorías preexistentes, y hasta es probable que provengan de una clasificación quechua del mundo más allá del imperio incaico, desde donde salieron las expediciones colonizadoras”. En efecto, coincidimos con eso. Y es por eso que se habla de la “provincia de los comechingones” o de la de “Diaguitas y Juríes” desde antes de haber puesto un pie en ellas. Porque todos ellos son los nombres con que ya los conocían los incas, y todos ellos están mencionados en idioma quechua, con algo de castellanización, claro. De hecho, la identificación de las etnias con claras distinciones en su ropaje y señales era de suma importancia para los incas, al punto que estaba prohibido el uso de otros ropajes no identificatorios.
Es interesante como esos viejos exónimos incas, nombres puestos por pueblos externos, como el de comechingones o el de araucanos, se fueron diluyendo en el tiempo y quedando al final guardados en viejos cajones, que sus descendientes no quieren ni mirar. Laguens y Bonnin (2012) dicen que tales denominaciones, como “comechingones” abarcaron a todos los grupos étnicos de Córdoba, sin respetar las diferencias regionales ni la autodenominación, pues en los documentos que se conservan, ningún grupo en particular se ha reconocido (ni negado) con ese nombre. Coincidimos en que el nombre provenía ya desde el Perú y fue puesto por los incas como un colectivizador para una etnia en particular, pero fueron los hispanos quienes los popularizaron y los estudiosos argentinos quienes los mezclaron luego con los sureños kamiari, con grupos diaguitas del borde de la sierra cordobesa, con las colonias charkas y hasta con aldeas pampas, llegando al punto de llamar Sierra de los Comechingones a una serranía donde no los había (salvo cuando se unifica a henen y kamiari como parte de ese grupo). De hecho, aquellos autores dicen que las primeras descripciones, anteriores a la fundación de Córdoba, “no suelen coincidir entre sí, dando la sensación de que si se hiciera abstracción de que se trata de los mismos indios, pareciera que hablaban de etnias distintas”. Y, en efecto, ¡Pensamos que lo eran!
Aunque Bixio (1995) dice que las divergencias descriptivas se deben a la diversidad de condiciones en que esas descripciones eran hechas, nosotros vemos que esa descripción se hacía englobando etnías muy diferentes, “amontonadas” en Córdoba por el sistema de mitimaes incaico, lo que queda reforzado por las observaciones de Bárzana y de Suárez de Figueroa, de que “cada media legua se habla una lengua diferente” (¡Es tal cual!). A causa de eso se menciona la lengua de Salsacate, la de Saldán y Sitón, la de Achala, la de Quisquisacate (de Panaholma) y la lengua de Campana, como distintas.
Proveemos aquí una tabla comparativa de algunos significados para apreciar mejor las diferencias. Varios son hipotéticos, deducidos a partir de su uso, otros pueden haberse asignado a la lengua equivocada y a las que tenemos más dudas les agregamos un signo de interrogación …
(fragmento de la introducción)

Libro IV
Descubre esta historia única
Adquiere tu ejemplar ahora
Comechingones o Hen-en
El pueblo de los valles interserranos
Durante su conquista de la región del río Chuquimayo (o Chinchipe) o Chacainga (Vázquez de Espinosa, 1561), en la parte norte del departamento de Cajamarca, hoy periférica a la ciudad de Jaén, en Perú, el jóven Tupaq Yupanqui siguió hacia el norte y se fortificó en los curacazgos incas de Tabaconas y Huambos, supuestos puntos de base para la conquista inca de la zona, que hoy contiene una enorme cantidad de topónimos quechuas que datan de aquellos tiempos. Aunque Espinoza Soriano (1970) afirma que los ejércitos incas como tales no anexaron la zona, sí dice que, simplemente, los incas tomaron muchos prisioneros en zonas no formalmente anexadas al imperio. Si los incas entraron desde Tabaconas lo habrían hecho por Huancabamba subiendo entre 30 y 40 kilómetros al noreste para llegar al río Chirinos y el hábitat de un grupo local conocido como “comechingones”. Los relatos españoles de Juan Pórcel y otros (1555) hablan en general de gente muy belicosa y diestra para la guerra (Espinoza Soriano, 1973).

Región comechingona del Perú del siglo 16, en la actualidad
Algunas de sus características ligan a estos comechingones con los bracamoros, un grupo de shuars (o jíbaros), como la mayor parte de las etnias de la región. Si esto es así, es importante analizar los orígenes de ese grupo, pero los mismos orígenes del pueblo shuar son difusos. El pueblo shuar incluye cuatro ramas principales: Shuar, Achuar, Awuarunas y Wuampis. Hay quienes proponen que son resultado de la fusión de un grupo arawak amazónico con otro de lengua puruhá mochica de origen andino. La parte arawak los liga al pueblo Palta, que ha poblado tradicionalmente Loja (Ecuador), lo que se aprecia en muchos de sus vocablos. A la vez, muchas de las colonias kaniari del alto valle del Upano se asimilaron a los shuar. Esto establece una fuerte conexión cultural entre paltas y kaniaris ecuatorianos con los shuar y a la vez entre estos y los comechingones peruanos, que parecen haber sido no solo parte de su universo cultural, sino también genético.
A la vez, se considera que para 1582 había tres variantes lingüísticas shuar, la lengua rabona (mayoritaria, de los bracamoros), la lengua bolona (de las serranías cálidas y húmedas) y la lengua shiroa o palta (de las serranías frías y lluviosas).
Espinoza Soriano (1973) decía que en las actuales provincias de Jaén y San Ignacio ya no quedan relictos de los remotos grupos étnicos que la poblaron ancestralmente, por lo que es imposible estudiarlos empleando la fuente etnográfica. Los únicos medios que tenemos para descubrirlos son los documentos de los siglos 16 y 17. En la actualidad, no existe nadie que se autoperciba como perteneciente a dicha etnia en el Perú, pero sí quedan grupos afines en los distritos centrales y septentrionales de la moderna provincia de Bagua (una fracción de la ancestral Yaguarsongo del siglo 16).
Sabemos que, más tardíamente, Wayna Qápaq tomó a bracamoros vencidos en Zamora (Ecuador) a quienes llevó a Llacanora, Cajamarca, pero estos no formaron parte de los mitimaes de Cajamarca sino que fueron en condición de yanaconas (aquellos a los que se les niega su identidad territorial). Con la llegada española a la zona, los pobladores de la región de Jaén, maltratados por el trabajo en los lavaderos de oro y las enfermedades, pasaron de 20.000 en 1.550 a 16.000 en 1.560. Para 1.570, época en que se fundaba Córdoba en Argentina, quedaban 8.000 comechingones en Perú, y con la epidemia de 1.590, se redujeron a apenas 2.500 personas. En 1.606, quedaban apenas unas 900 y el censo de 1651 sólo registró a 600 comechingones del Perú, que poco después se diluían en el registro histórico, probablemente perdiendo su identidad cultural y asimilandose a la población criolla.
¿De acá pallá o de allá pacá? ¿De Córdoba al Perú o del Perú a Córdoba?
¿Son estos comechingones los mismos que se conocen en el centro de la Argentina? En un primer momento, Margarita Gentile observó esta coincidencia exonominal entre los comechingones del Perú y los argentinos y propuso que su origen habría sido argentino y fueron llevados a Perú por los incas. Sin embargo, algún tiempo después presentó otro parecer asumiendo,
“ … que los comechingones fueron deportados allí (a Córdoba) por Huayna Capac como castigo desde su hábitat de selva a un valle serrano, tal como Pachacutec había deportado antes a los cuyos desde los bosques de Paucartambo a los desiertos del entorno de Mendoza, y Topa Inca a los chimú desde la costa hacia los valles altos que rodeaban el Famatina” (Gentile, 2014).
Considerando que en la región del Alto Marañón hay varios grupos que hablaban la misma lengua patakuna atribuida a los comechingones, como los nehipe, los perico, los tomependa, los baguas y los chamaya (ver libro 3), resulta claro que el grupo tenía sus orígenes y relaciones ancestrales en aquella región y Argentina fue el destino impuesto, no el origen. En lo que diferimos de Gentile es que se trate durante el gobierno de Wayna Qhapaq (1493-1525), ya que fue su padre, Túpaq Yupanqui (1471-1493) el primer conquistador de esa región del río Chinchipe en el Perú, en su trayecto entre la conquista de Chachapoyas y la de los Kaniari, lo que además nos justifica un tiempo mayor de estadía de estos pueblos en Córdoba, como para entender que ninguno de ellos recordara o mencionara a los españoles el hecho de provenir originalmente del Perú, como sí lo han mencionado otros mitimaes movidos hacía menos tiempo por Wayna Qhapaq…
(Fragmento del Capítulo II)
