
Nº1
Fragmento del libro II «Los Otros Cordobeses». Antes de sumergirte en este fragmento, recordá: la Córdoba profunda no solo fue tierra de comechingones y sanavirones. Mucho antes y mucho después, la región vibró con historias de pampas talal, arawak, kelosi, diaguitas olongasta y guerreros guaraníes y chaqueños. Pueblos poderosos que cruzando rutas olvidadas tejieron alianzas inesperadas en una trama milenaria hoy casi olvidada. Este libro te invita a descubrir el pulso oculto de una Córdoba multiétnica, marcada por migraciones, intercambios y conflictos, mucho antes de la llegada de los incas y la conquista española.
Córdoba justo antes de la llegada de los Incas.
Somos conscientes de que hablar de una historia remota de la provincia de Córdoba implica un proyección hacia el pasado de categorías que, en realidad, no deberían remontarse más allá del siglo 17. En el capítulo anterior hemos repasado brevemente cómo evolucionó el poblamiento del espacio cordobés, del cual deriva, a partir del siglo 12, un escenario compuesto por sociedades muy diferentes, en función de los distintos ecosistemas que ocupan.
Como dijimos, hace 1.000 años cae Tiwanaku en el marco de la intensa sequía causada por la Pequeña Era de Hielo, con calor e incendios así como con intercalaciones de lluvias torrenciales mediados por El Niño/La Niña, con sus mínimos de Oort (900 A.P.) y de Wolf (700 A.P.). Es posible que el conflicto climático-ambiental pudiera haber fogoneado también una feroz invasión procedente de su imperio vecino al norte: los Wari, según propone el arqueólogo Michael Edward Moseley (1991). Este autor registró sitios de la élite tiwanakota destruidos alevosamente, con tumbas arrasadas y cuerpos profanados en el valle de Azapa, así como la destrucción violenta de los sitios tiwanakotas de Omo o Chen Chen, en Moquegua. Finalmente, el autor menciona la masacre a los colonos tiwanakotas del Cerro Baúl, invadidos y masacrados por los wari. En un fragmento de una urna wari, el autor ha destacado la pintura de guerreros wari portando armas, montados en caballitos de totora, dirigiéndose a la batalla, presuntamente en Tiwanaku.

Soldado wari atacando con una maza de piedra. Por Frank Abarca.
Así, tras siglos de concentración de riquezas y poder en torno al lago Titicaca, el imperio se desmembra en los reinos lacustres combatientes del territorio de la actual Bolivia y norte argentino-chileno: Kollas (Puno), Lupaqas (Chucuito), Pakasha (La Paz), Canas y Canchis (Cuzco), Karanka y Soras (Oruro), Charkas (Chuquisaca), y otros como los Killaqa, Chuys, Chichas, Tarikas, Yamparas y Callahuallas.
Las élites que sobrevivieron al colapso se disgregaron en una diáspora que jamás olvidó su origen. Algunas, como los incas, migraron hacia el norte, al Valle del Cuzco, sumándose a un grupo local, según las dos leyendas fundacionales, la de la pareja de Manqo Qhapaq y Mama Oqllo, que salen del lago Titicaca, en la región de Puno, llevando su lengua aymara; y la de los hermanos Ayar, que salen de la montaña del Pacaritambo en Cusco, portando su lengua quechua.
Un estudio de ADN con muestras de más de 3.000 nativos de Perú, Bolivia y Ecuador, publicado en Molecular Genetics and Genomics mostró que los antepasados de los incas vinieron del lago Titicaca haciendo escala en Pacariqtambo antes de llegar al Cusco. Pensamos que otros grupos tiwanakotas siguieron manteniendo abiertos sus caminos al sur.
Desde sus mejores momentos, Tiwanaku habría mantenido extensas redes de intercambio que llegaban a sitios tan remotos como el norte de Chile y Argentina, y tenemos razones para pensar que pueden haber contactado fuertemente con la región cordobesa argentina e incluso hasta la costa del Paraná. De hecho, una vez que cae el imperio Tiwanaku, los reinos restantes de su desmembramiento, mantendrán caminos y vías comerciales hasta tiempos hispanos (ver libro 2). No tenemos evidencia de que esas conexiones fueran tan antiguas como Tiwanaku, pero podemos plantear esa posibilidad, dada su máxima expansión comercial, que fuera mantenida por los charkas por varios siglos más y, de hecho, facilitará luego la tardía presencia inca (ver libro 3).
Volviendo a Córdoba, las evidencias nos muestran que, después de la caída de Tiwanaku, un grupo en especial desarrollaba señales de maestría en el manejo del hueso, con disminución en el tamaño de las exquisitas puntas de piedra y una cerámica muy bien hecha. ¿Es este horizonte una tecnificación del anterior al que hemos llamado “vallenses”? ¿O son recién llegados? Es difícil decirlo, pero como precaución, dadas sus importantes diferencias, los consideramos aquí como un horizonte cultural diferente. Los estudios dirán, si la resolución lo permite, si estaban o no los “huesistas” conectados genéticamente con los “vallenses” o si son tan solo una “intensificación” de estos, como sugieren algunos autores.

Libro II
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Invasión sin oponentes
A partir del año 1.200 E.C. va a ocurrir algo trascendente, en dos áreas muy próximas a las Sierras Centrales cordobesas, algo que tendrá repercusiones por los siguientes 300 años. Una múltiple invasión. Por el noroeste los incas; por el noreste, los guaraníes, y desde el este, las invasiones estacionales de los chaqueños, conocidos luego como guaykurúes. Los incas terminaron interviniendo en el actual espacio cordobés, operando directamente sobre los grupos nativos del norte, como diaguitas y tonokotés, a quienes pasan a considerar, no sin conflictos, como integrables al Tawantinsuyu, y jugando partidas estratégicas con sanavirones y comechingones. Mantuvieron contactos diplomáticos, culturales y comerciales con chanás y pampas, a quienes necesitaban amigables formando parte su área de influencia o hinterland fronterizo, con el propósito de reducir las invasiones chaqueñas estacionales de rapiña y, sobre todo, contener la expansión de sus grandes competidores en la frontera oriental del imperio, los guaraníes.
Ese escenario político, que se fue consolidando en un largo proceso entre el 1.200 y fines del 1.500 E.C., tuvo una fuerte influencia en la cultura de las Sierras Centrales y las llanuras circundantes, influencia que ha llegado hasta nuestros días, entre otras cosas, en la toponimia, costumbres y habla cotidiana de los habitantes de diversas zonas de Córdoba. Sin embargo, los detalles de esta larga y compleja historia son aún mayormente desconocidos pues sus principales eventos ocurrieron un siglo antes de la llegada de los europeos a la región.

